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Pedro Escalona

Un concierto de silencios
 
La primera vez que fui a una exposición de Pedro Escalona tuve la sensación de estar asistiendo a un concierto de silencios, porque lo primero que nos muestra su pintura es el color del silencio cuando lo contemplamos. En todos los cuadros donde me detenía, ya fuera un paisaje o una vasija suspendida en una vitrina, estaba el silencio enseñándome a respirar sus tonos. Qué difícil, pensé, que una pintura te haga escuchar el silencio y te trasmita su misterio. 
 
No es extraño que el espectador que entra en una sala donde se muestra su obra baje la voz y aminore el paso, como suele hacerlo cuando entra en un museo arqueológico pues sabe que allí duermen los dioses y no es menester despertarlos. 
 
En las vitrinas donde reposan todo tipo de objetos antiguos, asistí a otro concierto que escuché al observar esta pintura: el de la quietud. Qué complicado es, pensé, pintar la quietud sin alterar los equilibrios que transmite el objeto cuando el pincel lo roza. Todo parece en calma. Los cristales que protegen terracotas y bronces están perfectamente limpios, las vasijas y las lámparas intactas, con todas las cicatrices del tiempo todavía en perfecto estado. Pero el silencio y la quietud necesitan de sombras para no caer al vacío y allí estaban las sombras sujetando los bordes, manteniendo la fragilidad de los reflejos, dando luz como sólo una sombra sabe hacerlo cuando se tienen las divinas proporciones.
 
Poco tiempo después, cuando nuestra amistad se fue fortaleciendo, conocí su intensa pasión por la arqueología y tuve el privilegio de contemplar en su casa algunas piezas antiguas de su colección. Entendí entonces de dónde vienen esos silencios, dónde estaba esa quietud y dónde dormían esas sombras que había percibido cuando me encontré por primera vez con su obra. Estaban ahí, a su lado, susurrándole cosas, indicándole el lugar exacto de un vestigio aún por descubrir o sencillamente exponiéndose a la luz tras ser liberadas de su largo olvido.
 
Un día, hablándome de su infancia en una España empañada por las dificultades y con las coplas de Antonio Molina en la voz de su hermana Carmen como música de fondo, me contó que sus grandes diversiones consistían en leer El Capitán Trueno y en buscar cachitos de cerámica en los escombros, principalmente en el Cerro de los Espantos, en Fuengirola. Estos fragmentos son ciertamente restos de antiguas culturas. Por aquel lugar pasaron romanos, bizantinos, visigodos y árabes, y los restos aparecían de súbito en cualquier lugar donde la tierra hubiera sido removida. Es lógico que con ese lúdico y temprano pasatiempo en su memoria, desarrollara después un don especial para encontrar entre los escombros el más perdido y preciado de los objetos. Más que un don yo diría un duende, ese poder misterioso que, en palabras de Goethe, todos sienten y ningún filósofo explica. Ese sentir que se le aparece al cantaor cuando la noche empieza a contarle secretos. Aficionado al buen flamenco, el que nace en el hueso, estos poderes le habrán servido sin duda para percibir algún día la luz de una lucerna romana todavía encendida en lo más profundo de la tierra.
 
«Yo pinto lo cercano», me dice una tarde en Los Naranjales, su casa en Alhaurín el Grande. Y en ese paisaje sereno donde crecen naranjos y mandarinos y se respira el viento del valle, encuentras seres entrañables, como Maite su mujer y su hija María a las que retrata con la pasión del virtuoso. Ya en sus primeras obras, tanto dibujos como óleos, aparece la figura humana, cabezas de mujer, desnudos y retratos de seres queridos donde se aprecia claramente un extraordinario dibujante que domina todas las coordenadas de la emoción.  
 
Cuando le pregunto por la temática de sus cuadros, confiesa que es la emoción quien decide lo que hay que pintar, y con ese impulso ha plasmado en el lienzo charcos, suelos, tierras baldías del extrarradio, lugares perdidos de color, amanecidos de grises, que tienen en la soledad terrosa del abandono la razón única de su belleza. «Uno no elige el lenguaje, el lenguaje te elige a ti», me dice muy convencido mientras charlamos en el salón de su casa. Un mueble antiguo de madera en el que habitan cientos de figuras policromadas decora la estancia. Es imposible abstraerse al murmullo que se escapa desde el interior de aquel armario donde conspiran vírgenes, cristos y santos desde hace infinidad de tiempo. Parecen decir constantemente palabras que sólo los silencios de la casa saben interpretar.
 
«Por encima de lo que pintas está la palabra», me comenta mientras giro la vista hacia al fuego de la chimenea donde respira una antigua vasija. Detrás de la ventana un nogal inmenso cambia los tonos de sus hojas. 
 
Las emociones son conductas indisciplinadas que nos hacen vibrar viendo un paisaje, palpando un objeto o recordando un momento de vida. Estos impulsos alteran nuestros sentidos porque están unidos al placer y ese sentimiento se encuentra en la obra de los grandes artistas, el placer de la reflexión cuando se tiene un lápiz en la mano y el corazón está en calma.  
 
Pintar las hojas de un jardín, la piel de un animal o las piedras de un camino exige un enorme ejercicio de reflexión. Es una meditación calculada,  parecida a la que se someten los poetas o los pájaros cuando acometen el vuelo. El gran difusor de la filosofía zen Daisetsu T. Suzuki decía que el hombre es un ser pensante, pero sus más grandes obras las realiza cuando no piensa ni calcula, que hay que volver a ser como niños mediante largos años de aprendizaje del arte de olvidarse de sí mismo. Cuando se ha conseguido el hombre piensa y, sin embargo, no piensa. Piensa cómo podría ser un azulejo, las hojas de un árbol o el rostro de una mujer. Ciertamente él es el azulejo, el árbol y la mujer.
 
Y al terminar la tarde que se hace noche le pregunto por esas cosas que terminan de dibujar el rostro de un hombre como cuál es el primer cuadro que se le apareció y llegó a emocionarle. No tarda en contestar ¡Y tenía corazón!, de Enrique Simonet, una obra de finales del xix que muestra a un profesor de anatomía con el corazón de una bella mujer muerta en la mano. Al volver a ver esa obra que se expone en el Museo de Bellas Artes de Málaga, me encuentro con la sorpresa del extraordinario parecido de aquel profesor de barba blanca y pelo enmarañado con Pedro Escalona. Cualquier observador casual no dudaría en afirmar que son la misma persona, atrapados en algún  lugar del tiempo, diciéndonos a todos que todavía tenemos corazón.
 
Lorenzo Saval